La llegada de Friedrich Merz a la Cancillería de Alemania no ha sido solo un cambio de siglas; ha sido un cambio de mentalidad que ya se siente en los mostradores de facturación del Aeropuerto de Gando. El mensaje que llega desde Alemania es de un realismo casi gélido: menos burocracia, sí, pero también una prioridad absoluta por la competitividad industrial frente a un mapa geopolítico que asusta. Para el turista alemán, el "ahorro por precaución" se ha convertido en el nuevo estándar. Ya no se trata de si pueden permitirse Maspalomas, sino de si es prudente gastar cuando su propio Gobierno está pidiendo sacrificios para salvar el mercado único.
Las cifras de previsión para el verano de 2026 en Gran Canaria confirman lo que se mascullará en los pasillos de la ITB de Berlín: el motor alemán se ha gripado. Mientras el mercado británico (UK) sigue tirando del carro con un crecimiento sólido de más de 20.000 nuevos visitantes, Alemania en el sur de Gran Canaria firma un retroceso del 0,8%. No es una cifra catastrófica en volumen, pero sí es un síntoma preocupante de la "dieta económica" que Merz ha impuesto en los hogares germanos. El alemán ya no lidera la expansión; ahora lidera la cautela.
Merz exige podar las regulaciones de la UE para que las empresas alemanas respiren, y esa ansiedad por la supervivencia económica se traslada al bolsillo del ciudadano medio. El turista alemán, ese perfil de 47 años que es la columna vertebral de nuestra temporada de invierno, está en modo espera. Aunque la Consejería de Turismo del Gobierno de Canarias saque pecho con los datos de fidelidad, la realidad a pie de calle es que el gasto de 1.641 euros por viaje se está mirando con lupa. La sombra de los aranceles de Trump y la inestabilidad global han hecho que el hedonismo alemán dé paso a una cautela muy pragmática.
En el sur de Gran Canaria, el riesgo es caer en la autocomplacencia de las estadísticas. Es cierto que uno de cada tres alemanes repite y que su estancia media supera los once días, pero ese modelo depende de una clase media germana con confianza en el futuro. Hoy, esa confianza está secuestrada por la reforma del mercado único y el miedo a quedar atrás frente a gigantes como EE. UU. o China. El sector hotelero ya nota que, aunque las camas se llenan, el flujo de dinero hacia la gastronomía local y el comercio extrahotelero empieza a ralentizarse. El alemán ya no viene a "despilfarrar", viene a refugiarse mientras escampa la tormenta regulatoria en su país.
El desafío es evidente: ya no basta con ofrecer sol y seguridad. Si el mercado alemán se retrae por la incertidumbre de sus propias reformas, el Sur Gran Canaria debe reinventar su propuesta de valor. La simplificación administrativa que pide Berlín podría ser una oportunidad para captar a esos trabajadores móviles que Merz quiere liberalizar, pero mientras tanto, el motor económico de la isla debe aprender a funcionar con un turista que, por primera vez en décadas, tiene la cabeza más puesta en los tipos de interés y la burocracia de Bruselas que en el propio descanso bajo las palmeras.















