Maspalomas y sus alrededores se han convertido, desde este lunes 23 de febrero, en el refugio oficial de una marea humana que huye del hielo para lamer el sol de nuestras dunas. Han comenzado las vacaciones escolares del norte de Europa —el sportlov sueco, la vinterferie noruega y danesa, y el talviloma finlandés— y el sur de Gran Canaria vuelve a ejercer de sanatorio espiritual para miles de familias que prefieren nuestro asfalto caliente al frío polar. Hasta el 1 de marzo, la isla no es un territorio soberano, sino una colonia de bienestar donde se habla más sueco que español y donde la fidelidad al destino roza lo patológico.
El negocio es redondo y las cifras asustan. Según los turoperadores, estamos en un momento de intensidad máxima; TUI asegura que Gran Canaria lidera sus ránkings, barriendo del mapa a destinos exóticos como Phuket o Cabo Verde. En Suecia, el incremento de viajeros ha superado el 30%, agotando plazas como si el mundo se fuera a acabar el lunes próximo. Noruega no se queda atrás, con Ving reportando un 97% de ocupación y una conectividad aérea que parece un puente de plata: aviones directos desde Oslo hasta Tromsø, vaciando el norte para llenar nuestras hamacas.
Pero detrás del brillo de las piscinas y del nuevo hotel deportivo en Bahía Feliz —ese templo del bienestar que Apollo ha levantado para los que aún tienen fe en el entrenamiento y la vida activa—, subyace una relación de décadas que trasciende la lógica. El viajero nórdico no viene solo por el sol, viene porque aquí se siente reconocido, cómodo, casi dueño de un paisaje que hemos moldeado a su medida. Es una identidad compartida, un pacto silencioso donde nosotros ponemos el escenario y ellos ponen la divisa, en una simbiosis que mantiene a flote la economía de la isla mientras el resto de la realidad se desmorona.
La conectividad aérea para este 2026 confirma que somos una referencia estructural. Con SAS y Norwegian fletando aviones desde Copenhague o Estocolmo, y TUIfly Nordic anunciando ya nuevas rutas para la próxima temporada desde ciudades suecas remotas, el mensaje es claro: Gran Canaria es el patio trasero del norte de Europa. Un patio donde las nuevas generaciones de viajeros siguen eligiendo el mismo rincón que sus abuelos, buscando esa experiencia emocional que solo un destino maduro, y quizás un poco cansado de sí mismo, puede ofrecer. Mientras el cielo de Maspalomas sigue moderadamente sucio, la marea rubia sigue llegando, buscando en nuestras playas la luz que su invierno les niega.















