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Mordiscos y desidia en sureste de Gran Canaria: Detienen al dueño de un pitbull tras un ataque sangriento

Gara Hernández - M24h Martes, 24 de Febrero de 2026

La calle Ávila de Vecindario se convirtió este lunes en el escenario de una carnicería suburbana, recordándonos que el peligro no siempre viene de la mano del hombre, sino de su absoluta falta de responsabilidad. El Seprona de la Comandancia de Las Palmas ha procedido a la detención del propietario de un Pitbull, un animal de los llamados "potencialmente peligrosos", que decidió que las normas de convivencia eran opcionales. El can, que campaba a sus anchas sin correa ni bozal, lanzó un ataque súbito contra otro perro de menor tamaño, abriéndole un boquete de consideración en la zona inguinal.

Mientras el animal herido era trasladado de urgencia a un centro veterinario para intentar remendar el desastre, la Guardia Civil ponía en marcha la maquinaria de inspección. Lo que encontraron fue el manual perfecto del canalla moderno: el dueño no solo ignoró las medidas básicas de seguridad, sino que carecía por completo de la licencia administrativa obligatoria para manejar a este tipo de bestias y, por si fuera poco, tampoco contaba con el seguro de responsabilidad civil que exige la ley. Un vacío legal y moral que terminó con el responsable localizado y detenido en la calle Dr. Negrín.

La investigación del Seprona subraya una realidad que huele a rancio: el incumplimiento de las medidas de seguridad con animales de mordida letal no es un descuido, es una amenaza directa a la yugular de la seguridad ciudadana. Pasear a un Pitbull sin bozal es jugar a la ruleta rusa con los niños y ancianos que comparten el espacio público. La ausencia de papeles y seguros refleja esa "nula concienciación" de quien cree que tener un perro es un derecho sin obligaciones, una extensión del ego que termina pagando el más débil.

Las diligencias de este esperpento ya descansan en el Juzgado de Instrucción de San Bartolomé de Tirajana y en la Fiscalía de Medio Ambiente de Las Palmas. Al final, lo que queda es un informe veterinario, un dueño en el calabozo y la sensación de que, en las calles del sur, la ley de la selva sigue ganándole la partida a la civilización. Otro día cualquiera en este rincón del Atlántico donde la responsabilidad es un animal en peligro de extinción.

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