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SUCESOS¿Por qué la calima del sur de Gran Canaria es radiactiva? El rastro de Chernóbil y la bomba atómica francesa en el polvo del Sáhara

¿Por qué la calima del sur de Gran Canaria es radiactiva? El rastro de Chernóbil y la bomba atómica francesa en el polvo del Sáhara

Gara Hernández - M24h Miércoles, 01 de Abril de 2026

El fenómeno meteorológico que estos días tiñe de un color casi apocalíptico el cielo del sur de Gran Canaria es mucho más que una suspensión de polvo mineral. Investigaciones recientes de la Universidad de La Laguna (ULL) y la Universidad de Málaga, publicadas en el Journal of Geochemical Exploration, han confirmado que la calima actúa como un vector de transporte para isótopos radiactivos de largo alcance. 

Lo que los residentes y transeúntes respiran hoy en las dunas no es solo arena del Sáhara, sino una "deposición secundaria" de Cesio-137 vinculada a los dos mayores desastres atómicos del siglo XX. La presencia de radionúclidos de origen antropogénico en Canarias ha sido un rompecabezas para los físicos durante décadas. El estudio, liderado por la investigadora María López Pérez, revela una carambola atmosférica: tras la explosión de la central de Chernóbil en 1986, la nube radiactiva se dispersó por todo el hemisferio norte. 

Aunque no hubo una trayectoria directa hacia las islas en los días posteriores al accidente, las partículas se depositaron masivamente en los suelos del norte de África.Hoy, la calima funciona como una cinta transportadora: las tormentas de arena re-suspenden ese suelo contaminado y lo inyectan en la atmósfera, viajando miles de kilómetros hasta desplomarse sobre el sur de Gran Canaria. El hallazgo de Cesio-134 (con una vida media de solo 2 años) en muestras retrospectivas de los años 90 fue la "pistola humeante" que confirmó el origen en el accidente soviético, ya que para entonces el Cesio de las pruebas nucleares de los años 60 ya se había degradado significativamente en comparación.

Tras la explosión en Ucrania, las partículas se dispersaron por todo el hemisferio norte, depositándose en las vastas extensiones del norte de África. Hoy, décadas después, las tormentas de polvo sahariano re-suspenden esas arenas contaminadas. Los investigadores, liderados por María López Pérez, han confirmado que la intrusión de material particulado africano transporta isótopos de Cesio vinculados directamente al accidente de 1986. El análisis retrospectivo de los datos de aerosoles y suelos en Tenerife y Gran Canaria demuestra que existe una "entrada continua" de estos elementos de origen antropogénico cada vez que se activa el pasillo de viento sahariano.

A este aporte ucraniano se suma la herencia más cercana y directa: la Gerboise Bleue. El 13 de febrero de 1960, en la región de Reggane (Argelia), Francia detonó su primera bomba atómica de 70 kilotones, una potencia cuatro veces superior a la de Hiroshima. Aquel experimento, bautizado como el "Jerbo Azul", no solo fue un hito de soberanía para el Elíseo, sino que convirtió el desierto argelino en un vertedero radiactivo perpetuo. La coincidencia temporal es inquietante. 

En febrero de 2021, un episodio de calima masiva en Canarias coincidió matemáticamente con el 61º aniversario de aquel ensayo. Los historiadores argelinos estiman que hasta 57 experimentos (entre atmosféricos y subterráneos) se realizaron hasta 1966, dejando tras de sí un rastro de residuos que Francia se niega a localizar oficialmente. Cada vez que el viento sopla del este sobre el sur de Gran Canaria, las partículas de suelo de Reggane, cargadas con la firma radiactiva de la grandeur francesa, cruzan el Atlántico para depositarse sobre las dunas y los cultivos de las islas.

El informe del FIMERALL es exhaustivo en su estudio dosimétrico. A pesar de la presencia confirmada de Cesio, los científicos subrayan que las concentraciones son bajas y no representan un riesgo radiológico inmediato para la salud de los habitantes del sur de la isla. "No proporcionan un incremento significativo en las dosis recibidas por la población", dictamina el estudio. 

Sin embargo, la persistencia de estos radionúclidos en las muestras de aerosoles durante los últimos veinte años confirma que la calima es un vector de contaminación transfronteriza que no ha cesado. El episodio de febrero de 2020, que cerró los ocho aeropuertos canarios durante 42 horas y obligó al confinamiento de la población por alerta sanitaria, ya mostró que la calima no es un mero "aire sucio", sino un evento de fuerza mayor con implicaciones económicas y de seguridad pública.

La calima de estos días en el sur de Gran Canaria es un recordatorio físico de que el desierto no es un vacío, sino un archivo. Entre las partículas de silicio que hoy irritan los ojos de los transeúntes en Playa del Inglés, viajan átomos que fueron forjados en el núcleo de un reactor ucraniano y cenizas de una bomba francesa que nunca terminó de apagarse. La atmósfera de Canarias es, literalmente, el lugar donde la historia nuclear del siglo XX se encuentra con el presente.

 

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