La indiferencia del sur de Gran Canaria no es solo desidia, es una forma de resistencia pasiva porque el dinero que se extrae del turismo se funde en un millón de euros para el suelo de una iglesia en La Isleta, por ejemplo. Le han dicho a Bruselas que habrán muchos turistas, ¿De dónde?. Las Palmas buscando impulsar sus problemas de vivienda quiere expulsar a los pocos isleños que quedan en sus zonas premium para montar lo que se llama Capital Europea de la Cultura que, básicamente, es un experimento inmobiliario.
De momento son finalistas con conceptos densos como la 'Rebelión de la Geografía' y la "democracia cultural desde los márgenes". Sin embargo, a sesenta kilómetros al sur, la noticia sigue siendo recibida con el mismo entusiasmo con el que un turista noruego recibe una charla sobre física cuántica en plena insolación: con una indiferencia tan sólida y pétrea como el Roque Nublo. ¿Ya hay perfil del contratante?
La paradoja es casi poética. Mientras la alcaldesa de Las Palmas Carolina Darias habla vaguedades como de "hacer posible lo imposible" y de "cambiar las conversaciones de Europa", en las hamacas de Playa del Inglés la única conversación posible gira en torno al precio de la cerveza y el factor de protección solar. Existe una brecha psicológica que ningún túnel de la GC-1 ha logrado salvar: para el sur de Gran Canaria, la capital es un ente administrativo lejano que solo existe para cobrar impuestos y, de vez en cuando, proponer utopías intelectuales que no caben en un folleto de all-inclusive.
El lema de la candidatura, 'Rebelión de la Geografía', pretendía cuestionar las jerarquías entre centro y periferia. El problema es que Maspalomas ya tiene su propia rebelión geográfica: la de ser un territorio que es el centro económico del archipiélago pero que es tratado culturalmente como el patio trasero de una metrópoli que se mira el ombligo. Para el camarero de San Agustín o el recepcionista de Meloneras, que Las Palmas compita contra Cáceres o Granada por un título europeo tiene la misma relevancia práctica que el descubrimiento de una nueva especie de liquen en la Antártida. La cultura, en el sur, es ajena a la "reflexión sobre las narrativas contemporáneas", un lujo que solo se pueden permitir quienes no tienen que cuadrar el balance de pernoctaciones de la temporada.
Resulta fascinante observar cómo el ecosistema cultural de la capital se desvive por convencer a un jurado de Bruselas de su "singularidad atlántica" mientras es incapaz de convencer a sus propios vecinos de San Bartolomé de Tirajana de que el proyecto les pertenece. La candidatura LPGC’31 se presenta como un "todo construido colectivamente", pero ese "todo" parece terminar abruptamente en el barranco de Arguineguín. Es el triunfo del localismo insular elevado a la enésima potencia: una ciudad que quiere ser el epicentro cultural de Europa pero que no logra ser el epicentro cultural de su propia isla.
La alcaldesa en Las Palmas, Darias, apela a la resiliencia y a la superación del fracaso de 2010. Es encomiable esa fe en la victoria, pero omite el hecho de que el "tejido social y creativo" que celebra sus cosas en el Castillo de Mata es un círculo cerrado que se retroalimenta. En el sur, la "Rebelión de la Geografía" se percibe como otra de esas maniobras destinadas a atraer fondos europeos que acabarán asfaltando alguna calle de Vegueta o reformando un teatro en Triana, sin que una sola gota de ese maná cultural se desvíe hacia las infraestructuras olvidadas del sur.
Ahora, los responsables de la candidatura deben redactar un nuevo Bid Book de cien páginas. Será un documento brillante, lleno de palabras como inclusión, diálogo y frontera, pero probablemente ninguna de esas páginas explicará por qué la mayor parte de la población trabajadora de la isla ignora que existe tal oficina técnica. El jurado europeo visitará la isla y se le llevará a ver las geografías invisibles de los barrios capitalinos, evitando cuidadosamente que pregunten en el sur por el proyecto, no sea que descubran que allí la única «rebelión» que interesa es la de los precios del alquiler provocada por la turistificación que la propia cultura a menudo maquilla.
Las Palmas de Gran Canaria sueña con 2031, pero lo hace con la soledad del corredor de fondo que cree que tiene a todo el estadio animándole cuando, en realidad, el público del sur se ha ido a la playa a ignorar la carrera. Si la capitalidad es una oportunidad para "imaginar nuevos modos de vida", el primer paso debería ser imaginar un modo de vida en el que el norte y el sur compartan algo más que el nombre de la isla y el desdén mutuo. Hasta entonces, la capital será europea, atlántica e insular, pero seguirá siendo dolorosamente solitaria en su entusiasmo.















