Mientras los despachos oficiales y las patronales hoteleras celebran con euforia artificial que el sur de Gran Canaria rozará el 83,01% de ocupación este próximo mes de septiembre —superando supuestamente el 80,69% del ejercicio anterior, según las proyecciones del Instituto Universitario TIDES y la ULPGC—, la realidad de la calle y los datos estructurales invitan a desconfiar de este triunfalismo numérico. Se agita el dato de septiembre como un dogma inalterable, ocultando las costuras de un destino que fía su supervivencia a la inercia de unos algoritmos econométricos mientras acumula síntomas evidentes de desgaste.
Ese aumento raquítico lo quema la inflación, que sigue al alza. La tasa de variación anual del Índice de Precios de Consumo (IPC) en Canarias se sitúa en el 3,4% en julio. Esto supone la quinta subida desde el mes de febrero, en el que su valor fue 2,1%. Estos son los datos que publica el Instituto Canario de Estadística (ISTAC). Para hostelería: Los huevos (10,6%), el transporte de personal (9,9%) y la carne de ovino (7,8%) se encuentran dentro de los bienes y servicios más inflacionistas. La tasa anual del índice general sin alimentos no elaborados ni productos energéticos (inflación subyacente) toma el valor 2,6%, lo que supone la tercera subida desde el mes de abril (2,1%). A nivel estatal esta tasa alcanza el 3,0%, cuatro décimas por encima del valor registrado en Canarias.
Es cierto que los números presentados intentan dibujar un escenario de bonanza: se apunta a que julio firmó un 78,10% frente al 73,99% previo y que agosto cumplió el expediente con un 79,99% frente al 74,30% anterior. Del mismo modo, los informes de Mabrian sitúan al Reino Unido, España y Alemania al frente de unas reservas que, teóricamente, amortiguan la caída del verano con la llegada en cadena de nórdicos y centroeuropeos. Sin embargo, acogerse acríticamente a estas previsiones basadas en modelos dinámicos NARDL ignora la letra pequeña de una industria turística cada vez más tensionada por la inflación, la pérdida de poder adquisitivo del viajero europeo y la asfixiante presión de los turoperadores.
La supuesta "máxima competitividad" que pregonan los portavoces del sector para Maspalomas y Playa del Inglés esconde un modelo de monocultivo frágil. Celebrar que la maquinaria opera a "velocidad de crucero" choca frontalmente con la cruda realidad que denuncian los informes de expectativas del propio ISTAC, donde factores como los costes del transporte, la reducción implacable de la estancia media o el malestar social latente frente a la masificación ponen en entredicho la supuesta robustez del destino. Llenar las camas a base de malabarismos tarifarios y de exprimir un volumen de plazas aéreas condicionado por la volatilidad internacional no es sinónimo de riqueza real ni de bienestar para el conjunto de la sociedad insular, sino la constatación de que Gran Canaria camina sobre un alambre estadístico difícil de sostener a largo plazo.
















