La opulencia turística del sur grancanario oculta bajo su asfalto una realidad agraria profundamente deteriorada. En San Bartolomé de Tirajana, el mapa de cultivos de la campaña revela un territorio sometido a una asfixia estructural, donde la superficie cultivada se desploma frente al avance implacable del abandono, la desertización productiva y la pérdida irreversible de soberanía alimentaria en favor del monocultivo del ladrillo.
Los datos oficiales de la campaña agrícola exponen con crudeza esta decadencia económica. Sobre un total de 3580 hectáreas analizadas en el municipio, la superficie agrícola útil sufre un retroceso alarmante, arrastrando a sectores enteros hacia la irrelevancia. El sector de los frutales, que abarca 364 hectáreas en total, se divide entre 156 hectáreas de frutales subtropicales —destacando 83 hectáreas de mangos, 56 hectáreas de cítricos, 12 hectáreas de aguacates, 10 hectáreas de almendros y pequeñas representaciones de papayas, pitayas, tuneras e higueras— y 151 hectáreas de frutales templados, donde predominan 27 hectáreas de frutales varios, 23 hectáreas de hueso, 20 hectáreas de viña y 31 hectáreas de frutos rojos. Lejos de constituir un tejido competitivo, estas parcelas sobreviven atrapadas entre la especulación y la falta absoluta de relevo generacional.
Este fraccionamiento extremo demuestra que la agricultura meridional carece de masa crítica. Con veintisiete categorías productivas malviviendo por debajo de las 100 hectáreas —y una gran parte reducida a una o dos hectáreas testimoniales—, el sector primario en el municipio sufre una descapitalización crónica. La pérdida de escala neutraliza cualquier capacidad competitiva, convirtiendo el mapa agrario en un cementerio de parcelas fragmentadas donde las grandes cifras quedan acaparadas únicamente por el erial y el abandono masivo.
El despliegue de las hortalizas y las huertas en el municipio profundiza esta herida estructural. El bloque de huerta y hortalizas agrupa 233 hectáreas, destacando 69 hectáreas de hortalizas varias, 53 hectáreas de tomate histórico —testigo mudo de una época dorada de exportación hoy completamente extinta—, 50 hectáreas de huertas limpias, 34 hectáreas de pepinos, 15 hectáreas de papa, 10 hectáreas de huertos familiares, 9 hectáreas de millo, 8 hectáreas de melón y sandía, además de diminutas parcelas de batata y cebolla que no superan las 2 hectáreas. Asimismo, se registran 2 hectáreas de ornamentales y aromáticas y 10 hectáreas de cereales, leguminosas y forrajeras, junto con 73 hectáreas dedicadas al cultivo del plátano y 20 hectáreas de viñedo.
El dato más revelador del fracaso socioeconómico y territorial reside en las cifras del abandono y la desolación agraria. Las superficies en barbecho y tierras improductivas alcanzan las 92 hectáreas, mientras que los terrenos abandonados y cubiertos de tagasaste ascienden a la cifra devastadora de 2821 hectáreas. Este colapso demuestra que la tierra en el municipio ya no se cultiva para generar riqueza, sino que se pudre en un erial reseco a la espera de una revalorización urbanística. La lectura última de este balance agrario devuelve el foco al realismo crítico. El modelo económico del sur de Gran Canaria ha estrangulado su propio territorio, transformando un valle históricamente productivo en un secarral donde la agricultura sobrevive como una anécdota subsidiada frente a la apisonadora del turismo de masas.















