No de hacerse fotos, salvo con sus amigos. La imagen de esta noticia procede de La Provincia. Este lunes ha dejado congelado el corazón del empresariado del sur de Gran Canaria la marcha de Francisco 'Paco' Santana Santana (1940-2026), empresario y forjador de una de las trayectorias mercantiles más singulares de la industria canaria, falleció a los 86 años en Las Palmas de Gran Canaria. Su vida pública y privada se rigió por los cimientos del esfuerzo personal, la audacia comercial y, por encima de todo, el valor inquebrantable de la amistad y el trato humano.
Nacido en el pago terorense de Arbejales, nieto de un modesto albardero, Santana nunca renegó de sus raíces rurales, haciendo suyas de por vida las sabias palabras paternas: «Mi hijo, hasta el burro se acostumbra a la albarda». Su periplo laboral arrancó de manera precoz a la edad de catorce años, cuando ingresó como aprendiz en Finanzauto, distribuidor oficial de la multinacional Caterpillar. Durante veinticuatro años compaginó su formación diurna con estudios nocturnos, ascendiendo desde la base hasta alcanzar responsabilidades directivas.
Aquel periodo forjó su carácter enérgico y su visión empresarial, un aprendizaje que decidió poner a prueba al dar el salto definitivo hacia la independencia tras la sugerencia de un amigo íntimo. Fundó su propia actividad de importación de maquinaria aprovechando el auge constructor en el sur grancanario de principios de siglo. No obstante, el estallido de la crisis económica de 2008 reorientó su brújula comercial hacia el continente africano, un territorio donde supo tejer una red de alianzas colosales a partir de sus contactos iniciales con la flota pesquera en Nuadibú.
En Mauritania y Guinea, su empresa Canarylog se adentró en el exigente sector de la minería pesada, convirtiéndose en proveedor de gigantes internacionales como Red Back Mining (posteriormente absorbida por Kinross) y First Quantum Minerals. Desde la nada, en pleno desierto africano, levantó canteras de oro, campamentos e infraestructuras, llegando a gestionar plantillas de hasta 400 trabajadores y moviendo operaciones con facturaciones anuales de veinte millones de euros mediante el suministro masivo de maquinaria y áridos.
Pese a su indudable relieve industrial, su verdadera vocación residía en el afecto y la camaradería. Apenas unos meses antes de su óbito, reunía en un conocido restaurante de la capital a un centenar de allegados para celebrar su aniversario, rodeado de su esposa Teresa, sus hijas Cristina y Paola, y su nieta Lucía. Impulsor infatigable de redes de amistad que aglutinaban a más de un millar de personas, su despedida ha estado guiada por su propio deseo expreso: evitar la solemnidad y transformar el luto en una celebración de la vida compartida.
Descansa tras una trayectoria jalonada por la ambición bien entendida y la lealtad hacia los suyos, dejando un vacío irreemplazable en el tejido social y empresarial de las islas.














