Hay inmuebles que desafían la fría aritmética de los metros cuadrados para erigirse en depositarios vivos de los siglos. En el corazón de Vegueta, el núcleo fundacional de Las Palmas, las paredes guardan ecos de navegantes, crónicas de corsarios y las huellas indelebles de las grandes estirpes que cosieron el destino del archipiélago. La reciente operación de cierre ejecutada por la firma Engel & Völkers, bajo la batuta del socio gerente Jose Núñez, pone de relieve que la alta gama inmobiliaria en el atlántico no responde a modas pasajeras, sino al pulso irrenunciable de la historia.
La casona señorial protagonista de esta última transacción —que llevaba varios años en el mercado antes de encontrar al comprador idóneo— entronca directamente con el linaje de los condes de la Vega Grande, una de las familias capitales en la conformación socioeconómica de Gran Canaria.
La génesis del título nobiliario se remonta al 23 de septiembre de 1777, fecha en la que Carlos III otorgó la merced a Fernando Bruno del Castillo Ruiz de Vergara sobre vastos latifundios que abarcaban desde la Vega Grande hasta Maspalomas, Tirajana y Arguineguín. Durante dos centurias, aquellos dominios meridionales mantuvieron una vocación eminentemente agrícola hasta que, a principios de los años sesenta, la familia protagonizó un giro copernicano que redefiniría la economía insular.
En 1961, impulsado por el peso de su legado, el clan promovió el concurso internacional de urbanismo 'Maspalomas Costa Canaria' sobre 2.000 hectáreas y 17 kilómetros de costa. Con la participación de 148 equipos y un jurado de prestigio internacional —integrado por figuras como Franco Albini y Pierre Vago—, el proyecto ganador del gabinete francés SETAP sentó las bases científicas y planificadas de uno de los enclaves turísticos más potentes de Europa. Al frente de aquella gesta se hallaba Alejandro del Castillo y Bravo de Laguna, IX conde de la Vega Grande, nacido precisamente en la emblemática calle de los Balcones de Vegueta. Su desaparición en mayo de 2020 dejó tras de sí el recuerdo de un hombre preclaro que aunó la tradición nobiliaria con la visión empresarial del siglo XX.
La venta de esta joya arquitectónica en Vegueta —un barrio nacido formalmente el 24 de junio de 1478 con el desembarco de Juan Rejón— confirma que el comprador de bienes singulares busca hoy una comunión absoluta con el patrimonio. Entre patios de arcos silenciosos, carpinterías de tea incorruptible y cantería azul procedente de las canteras de San Lorenzo, la operación demuestra que el lujo en el casco histórico de Las Palmas ya no cotiza por la simple especulación, sino por el privilegio de custodiar cinco siglos de memoria atlántica.
El relato de la familia condal no se agota en los mojones turísticos del sur, sino que halla su contrapeso más humano y luminoso en la figura de la condesa María Teresa Rivero y del Castillo-Olivares, cuyo compromiso social dejó una huella indeleble en la isla. A iniciativa suya y mediante la donación de terrenos en El Lasso —en colaboración con Carmen Crespo y el apoyo del Cabildo—, se puso la primera piedra de la Ciudad San Juan de Dios el 24 de enero de 1969.
















