El enclave natural del Oasis de Maspalomas atesora una de las páginas más determinantes y menos divulgadas de la epopeya atlántica del siglo XVI. El 25 de mayo de 1502, la flota comandada por Cristóbal Colón fondeó en la costa meridional de Gran Canaria durante los compases previos a su cuarto y último viaje rumbo al Nuevo Mundo. Alejado de la estampa turística contemporánea, el paraje sureño se erigía entonces como un ecosistema virgen dominado por la marisma y los extensos palmerales, seleccionado estratégicamente por el navegante genovés para aprovisionar a sus cuatro embarcaciones —la carabela Capitana y las naos Gallega, Santiago y Vizcaína— de agua salobre y leña de tarajal antes de afrontar la travesía oceánica definitiva sin escalas intermedias.
La presencia colombina en el sur insular se encuentra sobradamente documentada por historiadores de la talla de Antonio Romeu de Armas, Alejandro Cioranescu y Francisco Morales Padrón, cuyas investigaciones permitieron al ensayista Alfredo Herrera Piqué certificar los pormenores de aquella escala. Tras zarpar de la bahía de Las Isletas tras cuatro días de estancia administrativa, el almirante condujo la expedición hasta la franja costera maspalomense. La elección del enclave no obedecía al azar: el agua salobre de la charca poseía propiedades físico-químicas idóneas que impedían su putrefacción al ser almacenada prolongadamente en pipas de madera durante los meses de navegación, mientras que la madera de tarajal proporcionaba el combustible perfecto para los fogones embarcados.
Los catedráticos y expertos en arqueología e historia insular, como el profesor Antonio Tejera Gaspar, sitúan a Maspalomas junto a Gando y la capital grancanaria como los tres enclaves colombinos de primer orden en la isla. El gran proceso colombino, gestado durante una década desde su salida inicial en Palos de la Frontera en agosto de 1492, halló precisamente en el litoral sureño grancanario su última escala técnica registrada antes de adentrarse definitivamente en el Atlántico. Lejos de constituir un hecho aislado, el paraje funcionó durante toda la centuria como fondeadero de referencia para figuras capitales de la exploración mundial como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Juan Ponce de León y el célebre cartógrafo Juan de la Cosa, e incluso se sospecha la presencia de flotas corsarias extranjeras en sus inmediaciones costeras.
Los cronistas de Indias y los legajos conservados en los archivos históricos detallan cómo las tripulaciones bajaban a tierra firme para abastecerse de víveres frescos y reparar los aparejos de las naves en un entorno natural que hoy sobrevive cercado por la presión urbanística. La transformación radical sufrida por la charca y su entorno a lo largo de los siglos contrasta con la persistencia de una memoria histórica que reclama un reconocimiento institucional más ambicioso y acorde con la categoría de los acontecimientos que allí tuvieron lugar.
La valoración histórica del Oasis ha recuperado protagonismo institucional y mediático a raíz de los debates sobre la preservación de su entorno paisajístico y los usos del suelo en el municipio de San Bartolomé de Tirajana. Voces autorizadas del ámbito académico insisten en la urgencia de reconciliar el modelo turístico de la comarca con la salvaguarda de un patrimonio histórico que trasciende las fronteras locales. Figuras de la cultura y la narrativa regional sostienen que la evocación del paso de los grandes navegantes renacentistas aporta una dimensión identitaria de incalculable valor para la comprensión del territorio y el diseño de políticas de conservación más estrictas.
Conjugar la fragilidad ecológica de la marisma y la protección del palmeral con la memoria de las expediciones marítimas se perfila como un imperativo estratégico para un territorio que durante décadas desatendió su legado colombino. La integración entre la actividad turística y la arqueología histórica demuestra que los grandes enclaves del sur grancanario poseen una densidad cronológica muy anterior al desarrollismo hotelero del siglo XX, exigiendo un equilibrio normativo riguroso que evite la repetición de los errores urbanísticos del pasado y garantice la pervivencia cultural del paraje.
















