En el corazón del sur de Gran Canaria, donde el sol dibuja sus destellos sobre las dunas de Maspalomas y los barrancos guardan historias con más de medio siglo asociadas al turismo, surge una tradición que transformó la Navidad en un acontecimiento épico: los Belenes Vivientes.
Todo comenzó gracias a una mujer que, desde la humildad de Cercado de Espino alcanzó a iluminar con su vocación docente la vida de toda una comunidad: Gregoria González Valerón, conocida como Goyita.
Goyita nació en el seno de una familia humilde, la única de cinco hermanos que pudo acceder a los estudios. Con tan solo catorce años partió hacia Telde para formarse en el Colegio de San Gregorio, bajo la guía de maestras como Lucía Jiménez y Hilda Marrero.
Su destino, sin embargo, no sería únicamente la enseñanza, sino el tejido social y cultural de Gran Canaria. Pero su verdadera epopeya navideña comenzó en 1962, cuando la joven maestra se implicó con los jóvenes maspalomeros para dar vida a los primeros autos sacramentales que luego serían llamados Belenes Vivientes. Por aquel entonces, la Maspalomas de los sesenta no contaba con escenarios ni recursos; solo había imaginación, entusiasmo y el firme deseo de enseñar y celebrar.
Goyita y el párroco Manuel Montesdeoca crearon un espacio donde más de un centenar de jóvenes y vecinos encarnaban a María, José, los astrólogos, ángeles y, por supuesto, los Reyes Magos. Incluso Lucifer y los posaderos cobraban vida entre cajas de tomates que servían de montículos y pasillos para el improvisado escenario.
Cada ensayo era un ritual que transformaba la Iglesia de San Fernando en un club juvenil, y cada representación un espectáculo que convocaba a toda la comunidad.
Los Reyes Magos no eran solo personajes: eran guardianes de la magia navideña, presidían la Misa del Gallo y ofrecían el beso al Niño Jesús, entre vítores de vecinos y turistas que admiraban la iniciativa.
Con los años, el vestuario se volvió más elaborado y la recaudación para materiales se logró con ingenio, pidiendo colaboración incluso al Conde de la Vega Grande.
La grandeza de estos Belenes Vivientes no radicaba solo en su tamaño o número de actores, sino en la unión que generaban entre pueblos vecinos. En 1970, Maspalomas y El Tablero representaron juntos el "Divino Acontecimiento", alternando papeles y derribando la supuesta rivalidad entre comunidades, una lección de cooperación y espíritu colectivo que sigue siendo referente hoy.
Con el tiempo, surgieron nuevas generaciones de Belenes Vivientes, bajo el impulso de Sito Rivero y Adán Verde Ojeda, quienes añadieron complejidad escenográfica, participación de ONG y un carácter comunitario y solidario.
Cada año, los Reyes Magos del sur de Gran Canaria recordaban que la verdadera riqueza de la Navidad no estaba en los regalos, sino en el esfuerzo conjunto, en la creatividad de los jóvenes y en la pasión de quienes, como Goyita González, enseñaron que la cultura y la tradición podían transformar vidas.
Hoy, cuando el sur mira hacia sus dunas y sus iglesias, cada representación es un eco de aquellos primeros ensayos de los años 60, un homenaje a los maestros, a los vecinos y, sobre todo, a los Reyes Magos que siguen siendo símbolo de una comunidad unida por la historia, la fe y la imaginaciónm















