A finales del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII, los bordes de la Caldera de Tirajana, a casi 1.910 metros de altitud, se transformaban cada invierno en el escenario de una de las labores más duras y sacrificadas de la isla: la recolección de nieve. Lo que hoy es un espacio protegido de silencio y calma absoluta fue entonces un hervidero de actividad humana, marcado por el frío extremo, el aislamiento y una organización casi militar.
Los pozos de nieve del Cabildo Catedral se situaban estratégicamente en la cabecera del barranco de La Abejerilla y en la zona de La Retamilla, en el límite del actual Riscos de Tirajana. En este entorno abrupto, con desniveles verticales que alcanzan los 800 metros, los trabajadores desafiaban la dureza del clima y la soledad de la cumbre para garantizar el suministro de nieve a la ciudad.
La campaña de recogida, conocida como el encierro, movilizaba cada invierno a un contingente especializado que ascendía desde San Mateo y los pagos cercanos, salvando a pie o a lomo de bestias desniveles superiores a los mil metros. El trabajo estaba estrictamente jerarquizado y cada grupo cumplía una función esencial.
Los llamados peones de fuera constituían la fuerza de choque. Entre 26 y 67 hombres recogían la nieve de los alrededores y la amontonaban junto al brocal del pozo, trabajando contra el reloj para evitar que el sol la derritiera. Era un esfuerzo físico brutal, expuesto al viento y a la intemperie.
En el interior del pozo operaban los pisoneros o peones de dentro, un grupo reducido de unos diez especialistas. En la oscuridad y el frío constante, compactaban la nieve con pesados pisones y la distribuían cuidadosamente con palas. De su pericia dependía que la nieve resistiera meses sin derretirse hasta bien entrado el verano.
Los arrieros protagonizaban quizá la parte más épica del proceso. Su misión era descender la nieve en torales —bloques compactos— desde la cumbre hasta la Catedral. Una gratificación de 100 reales apenas cubría el transporte de trece cargas, reflejo del enorme coste humano y material de cada viaje. La logística se completaba con la intendencia: mujeres que subían a las pequeñas casillas junto a los pozos para preparar la comida en pleno temporal, y peones encargados de moler grano en los molinos cercanos para alimentar a toda la cuadrilla.
Las cifras dan medida de la epopeya. En la histórica recogida de enero de 1700, bajo el mando del capitán Alonso Navarro, convivieron en las cumbres entre 70 y 80 personas durante cinco días de trabajo ininterrumpido. Tras casi una semana de labor extenuante, los pozos quedaban finalmente colmados.
El salario reflejaba la dureza del oficio: un peón común cobraba apenas tres reales diarios, mientras que un pisonero percibía cinco reales, un leve incentivo por el riesgo extremo de trabajar en el interior de los pozos helados. Hoy, las cadenas —muros de piedra aún visibles en las laderas del barranco de La Abejerilla— y las ruinas de los pozos permanecen como testigos mudos de aquellos hombres de Tirajana que lograron dominar la nieve y convertir el frío en un bien estratégico y comercial.















