En 2026 la comunidad italiana en el sur de Gran Canaria forma parte de un presente con arraigo y donde su peso en sectores como el empresarial van de la mano en el turismo o sector inmobiliario. Pero esta presencia no es casual. El inicio de esta saga en el sur se consolida el 19 de julio de 1691, una fecha clave en los protocolos del escribano José García, donde Gotardo Calimano realiza una donación de dos partes de una esclava heredada de su mujer, revelando la gestión de activos humanos en sus posesiones de Maspalomas. Según el profesor Alexis Brito, apenas un mes después, el 27 de agosto de 1691, Gotardo sella su alianza con la élite local al contraer matrimonio en la parroquia del Sagrario con Ana Jiménez de Contreras, hija del capitán Gaspar Jiménez de Contreras y Ana de la Cue, un movimiento estratégico que vinculó la astucia comercial veneciana con el control territorial de los grandes propietarios de Tirajana.
La expansión del linaje continuó con precisión administrativa en los años siguientes. El 25 de julio de 1690, su hermano el licenciado Francisco Jiménez de Contreras dotó a su hermana para asegurar el patrimonio familiar, mientras que la descendencia de la saga quedó registrada en los libros de bautismo de la parroquia de San Juan Bautista de Telde. Allí se documentan los bautizos de sus hijos en fechas consecutivas que marcan la consolidación del apellido: el primer registro aparece en el libro 11 (folio 142), seguido por inscripciones en el libro 12 en los folios 59 (recto y vuelto), 113 y finalmente en 188, que documenta la continuidad de la influencia familiar hasta bien entrado el Siglo XVIII.
El profesor Brito señala que "aunque inicialmente se asentó en la ciudad de Las Palmas, muy pronto se trasladó a Telde, donde figura como vecino desde 1691. Al igual que el resto de su familia, se dedicó al comercio. En un testamento otorgado en 1702 indicaba que contaba con tienda en Telde y con créditos a su favor por un valor superior a 2.976.000 maravedíes, repartidos por una amplia zona que abarcaba Telde, Agüimes y Tirajana. Asimismo, había mantenido tratos comerciales con otros mercaderes, especialmente con el irlandés Diego O’Shanahan, a quien debía 1.776.000 maravedíes por el resto de sus cuentas".
Este control sobre el Sur de Gran Canaria no fue una coincidencia temporal, sino un plan de décadas. Los Calimano aprovecharon el vacío dejado por otros mercaderes tras la crisis del azúcar de principios del siglo XVII para posicionarse como los intermediarios necesarios entre los puertos de Maspalomas y la capital, Las Palmas. Esta cronología de matrimonios, bautizos y donaciones de esclavos entre 1690 y 1710 no es genealogía; es el registro de una opa hostil exitosa sobre la estructura económica del sur, donde los venecianos pasaron de ser extranjeros a ser los dueños de facto de las Dunas de Maspalomas y los recursos hídricos de la comarca.
La estirpe de los Calimano, iniciada por Gotardo y su hermano Juan Bautista Calimano, se fundió con los nombres de la tierra. Hijos como Francisco Calimano, Bárbara Calimano, Gaspar Calimano y Margarita Calimano crecieron entre el prestigio de su padre —quien llegó a ser depositario general de la isla— y las inmensas extensiones de Dunas y cultivos de Maspalomas. Esta crónica de nombres, desde el peón Silvestre de la Nuez en los pozos hasta el aristócrata Francisco Calimano en sus palacios, es la verdadera historia de cómo el esfuerzo de unos y la astucia de otros dieron forma al sur de Gran Canaria.
Con el respaldo de los curas, los Calimano se hicieron bastas extensiones de suelo. La influencia de los sacerdotes en el Maspalomas del siglo XVII y XVIII fue determinante, ya que actuaban como los verdaderos gestores del orden social y patrimonial en un territorio alejado del control directo de la capital. Figuras como el licenciado Francisco Jiménez de Contreras, hermano de Ana Jiménez de Contreras, fueron piezas clave en la consolidación de linajes poderosos como los Calimano. Al dotar a su hermana el 25 de julio de 1690, Francisco no sólo aseguraba un matrimonio, sino que facilitaba la transferencia de tierras y derechos de agua en el sur, legitimando la entrada de capital extranjero (veneciano) en la estructura de propiedad local. Estos clérigos no sólo administraban sacramentos, sino que operaban como notarios de facto y protectores de los intereses de la aristocracia agraria, asegurando que la riqueza permaneciera dentro de un círculo cerrado de familias influyentes.
Además, su poder se manifestaba en la supervisión de las rentas y en el control de la moralidad económica de la zona. Sacerdotes vinculados al Cabildo Catedral, como los canónigos que gestionaban los diezmos del azúcar, ejercían una autoridad que mezclaba lo divino con lo puramente administrativo. Su influencia permitía que el sur de Gran Canaria, a pesar de ser un paraje de dunas y pastos aislados, funcionara bajo una estricta jerarquía donde la Iglesia validaba quién poseía la tierra y quién trabajaba en ella. En los registros de la época, su firma en testamentos y dotes era el sello necesario para que familias como los Calimano Nardari pasaran de ser mercaderes venecianos a señores de Maspalomas, integrándose plenamente en la élite canaria.














