La última actualización de mercado de Turismo de Gran Canaria deja una imagen digna de un cuadro de Escher: el turista ya no es un ente estático pegado a una tumbona en Playa del Inglés. Ahora, empujado por una mezcla de curiosidad antropológica y, se sospecha, por el precio de los alquileres en primera línea, el visitante español ha decidido que la movilidad es su nueva religión.
Pablo Llinares, gerente de Turismo de Gran Canaria, celebra lo que llama un "reparto equilibrado de los ingresos". En términos financieros, esto significa que el capital nacional ha decidido colonizar Agaete y Teror. El turista español ha descubierto que hay vida más allá del buffet libre y se ha lanzado a las carreteras del norte. Mientras Mogán y las Dunas de Maspalomas resisten como los últimos baluartes del turismo de postal, el "efecto dispersión" está llevando los euros (y el ruido de las maletas de ruedas) a los rincones más insospechados de la geografía insular. Una victoria para la estadística, una amenaza para el aparcamiento en las villas del interior.
Pero si hay un dato que debería hacer que los analistas de infraestructuras se rasquen la cabeza, es el milagro italiano. Con un crecimiento del 22%, los herederos del Imperio Romano están llegando a la isla en masa (135.050 hasta noviembre de 2025) a pesar de que la conectividad aérea directa brilla por su ausencia.
El italiano, un ser resiliente por naturaleza, no teme a las escalas ni a las esperas en aeropuertos de conexión si el premio es Gran Canaria. Sin embargo, aquí viene la letra pequeña para el sector hotelero: este mercado es el rey del "turismo de sofá'. Con una estancia media de hasta 14 días, el italiano no viene a pagar suites, sino a quedarse en casas de familiares, amigos o en esa vivienda que compró el primo de turno. Consumen mucho Aperol, pero poco check-in. Es un modelo que compensa el declive de los alemanes y nórdicos, pero que deja las sábanas de los hoteles sorprendentemente frías.
Por último, el mercado portugués vive su particular idilio con el sur de la isla, consolidándose como el destino favorito de los vecinos ibéricos. Con Lisboa y Oporto inyectando visitantes gracias a un aumento de conectividad de doble dígito, los portugueses están a punto de batir su propio récord de 2024. Es un crecimiento limpio, previsible y sumamente conveniente que demuestra que, cuando se pone un vuelo directo, el turista responde con la docilidad de quien busca un sol que en el Atlántico norte a veces se olvida de brillar.















