La maquinaria fiscal de San Bartolomé de Tirajana ha demostrado ser tan implacable como el sol de agosto en las dunas, consolidando al Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI) como la verdadera columna vertebral de sus arcas municipales. Según los datos de la ficha socioeconómica de 2025, el ladrillo genera una cuota íntegra anual de 28,6 millones de euros, sustentada casi en su totalidad por la naturaleza urbana.
Es llamativo el peso de las actividades inmobiliarias, con 348 empresas dedicadas a mover un parque de viviendas que, como vimos, genera una cuota líquida de IBI de 26,3 millones de euros tras aplicar las bonificaciones. Con apenas 24 entidades financieras y un índice de bancarización de 4 oficinas por cada 10.000 habitantes, el sur gestiona su opulencia con eficiencia técnica, priorizando el negocio del alquiler y la hostelería sobre cualquier otra forma de desarrollo industrial.
Con 66.188 recibos urbanos frente a unos testimoniales 519 de naturaleza rústica, el municipio gestiona una base imponible no exenta que supera los 5.017 millones de euros. Es un ecosistema donde el gravamen del 0,57% aplicado a la propiedad urbana transforma el hormigón en una fuente inagotable de liquidez, dejando los 112.362 euros recaudados por el suelo rústico como una mera anécdota nostálgica del pasado agrícola de la zona.
Este flujo de capital inmobiliario alimenta una estructura de servicios que es el reflejo perfecto del monocultivo turístico y el consumo de paso. El municipio cuenta con 1.845 establecimientos comerciales, de los cuales una mayoría abrumadora, 1.558 locales, se dedica al comercio al por menor. Lo más curioso de esta radiografía es la especialización del gasto: mientras solo existen 2 pescaderías y 9 carnicerías en todo el tejido comercial, el sector se entrega al vicio y al accesorio con 122 locales destinados al tabaco y 330 dedicados al textil y calzado. Es la economía de la "necesidad inmediata" del visitante, donde es infinitamente más fácil comprar un cartón de cigarrillos o unas chanclas que conseguir pescado fresco del día.
El equipamiento básico del municipio confirma que San Bartolomé de Tirajana no es una ciudad diseñada para vivir, sino un inmenso complejo para pernoctar y brindar. La oferta alojativa es masiva, destacando 72 hoteles y moteles, 353 alojamientos extrahoteleros y la gestión de 90 agencias de explotación de apartamentos privados. La oferta gastronómica y de ocio sigue esta estela de hipertrofia: el municipio despliega una batería de 436 restaurantes y la friolera de 638 cafés y bares. Sin embargo, esta abundancia contrasta con una sequía cultural absoluta en términos de ocio convencional; la ficha técnica arroja un cero absoluto en locales de cine, pantallas o aforo, confirmando que en el sur el espectáculo empieza y termina en la barra del bar o en la terraza del hotel.
El tejido empresarial de San Bartolomé de Tirajana muestra una especialización total en el sector servicios, que actúa como un agujero negro que absorbe el resto de actividades. De las empresas registradas, 2.284 se dedican al comercio, transporte y hostelería, una cifra que empequeñece a las 84 industrias o las 307 constructoras que aún resisten en la zona.














