En el primer cuarto del siglo XVIII, la organización militar de Gran Canaria ya contemplaba a Tirajana como un punto estratégico de repliegue y fuerza. Mientras el Regimiento de Telde se estructuraba en catorce compañías, existía una reserva vital de 400 hombres que podían movilizarse y concentrarse específicamente en el término de Tirajana. Esta fuerza de reserva no solo actuaba como un pulmón demográfico, sino como la garantía de defensa para las comarcas meridionales, donde el "hambre de tierra" y las ocupaciones de terreno impulsaban un crecimiento poblacional que alimentaba las filas de la milicia.
La épica de la defensa costera en el sur se consolidó con la arquitectura de guerra. En 1741, bajo el diseño de los ingenieros La Riviere y La Pierre, se erigió la Torre de Gando, una pieza clave para vigilar el intenso tráfico marítimo y frenar el merodeo de los corsarios que acechaban las aguas en demanda de presas. Esta fortificación se sumaba a la Casa-fuerte de Santa Cruz del Romeral, cuya licencia fue concedida por Carlos II en 1677 a Antonio Lorenzo Béthencourt con el fin de proteger las valiosas salinas de la zona. Estos muros representaban la respuesta de los isleños a una costa dilatada y peligrosa, que se extendía bajo la responsabilidad del Regimiento desde la altura de Jinámar hasta Veneguera.
A finales de octubre de 1757, un joven oficial de apenas diecinueve años, don Pedro Nava Grimón, asumió con rigor la coronelía del Regimiento de Telde. A pesar de su juventud y de que su estancia en la isla apenas duró un semestre, Nava Grimón se entregó a la tarea de disciplinar a sus hombres, recorriendo las extensas playas y puertos como Melenara y la Bahía de Gando, lugares descritos como los más apacibles para el desembarco enemigo y la rapiña. En sus misivas al secretario de guerra Sebastián Eslava, el coronel destacó la talla aventajada y la osadía de los milicianos grancanarios, describiéndolos como una "gentte muy propia para la guerra" por su gran capacidad de sufrimiento en los trabajos más duros.
La defensa del sur no solo dependía de la tropa, sino de una estructura de mando vinculada a las familias más poderosas de la isla. En la revista de 1757, figuraba como teniente coronel don Antonio de la Rocha Béthencourt, máximo exponente de una estirpe que disputaba la hegemonía insular. Junto a él, como sargento mayor, se encontraba don Jerónimo Falcón, quien también ejercía como alcalde real. Estos oficiales lideraban un ejército de 2.374 milicianos que, sin cobrar sueldo alguno y armados en muchas ocasiones con sus propios pertrechos —o incluso con piedras y rozaderas—, garantizaban que las playas del sur permanecieran bajo control de la fe y la corona ante cualquier intento de invasión.
Al final, la historia del Regimiento de Telde es la crónica de una identidad forjada en la vigilancia. Desde las dunas de Maspalomas hasta los riscos de Tirajana, la milicia fue el tejido que mantuvo a las islas integradas en los circuitos atlánticos, a cambio de privilegios y un fuero militar que protegía al campesino de la justicia ordinaria y de la pérdida de sus bienes por deuda. Aquellos milicianos, que según el propio Nava Grimón poseían una "osadía y gran sufrimiento", no solo defendieron playas y salinas; defendieron la existencia misma de Canarias en una modernidad donde el enemigo acechaba en cada viraje de la navegación a vela frente a sus costas.














